Razones por las que el amor es una enfermedad según la Psicología

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Por: Psicóloga Monse Cuenca

Todo el mundo puede diferenciar entre un estado propio de salud o enfermedad. No toma más de un segundo contestar con precisión a la pregunta “¿cómo te sientes?” y describir los motivos por los que la respuesta puede ser positiva o bien, enumerar cada una de las afecciones –físicas o mentales– que provocan un malestar. Nadie podría siquiera imaginar una enfermedad como un estado deseable, un objetivo de vida o una meta que cumplir para alcanzar la felicidad.

 

De la misma forma, resulta imposible encontrar a alguien incapaz de distinguir entre bienestar o malestar, dos conceptos ligados directamente al binomio salud-enfermedad. El primero es una confirmación de la salud, un estado que reúne todo lo necesario para vivir plenamente; mientras un malestar es, por antonomasia, un obstáculo para la consecución de la felicidad.

 

El enamoramiento: un malestar contradictorio:

 

Del sin fin de padecimientos que pueden afectar a los humanos, la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE) es el compendio que reúne cada una de las afecciones documentadas por la ciencia médica según su naturaleza, causa y síntomas. En el terreno de los trastornos mentales (enfermedades que alteran el razonamiento y las capacidades de la consciencia sin causa orgánica identificada) dos almanaques reúnen los casos clínicos de los mayores profesionistas del campo: El CIE y el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) de la Asociación Americana de Psiquiatría. Ambos se encargan de clasificar, establecer las condiciones de aparición y legitimar la existencia de nuevos trastornos mentales periódicamente. Los cambios repentinos de comportamiento, alteraciones fisiológicas como taquicardia, dificultad para respirar, disminución del apetito, el malestar general, la obsesión o ansiedad son indicadores de la presencia de un trastorno mental.

Todos ellos se presentan en un estado único, por el que todo el mundo pasa al menos una vez en su vida, deseable y socialmente aceptado: el amor. Un estado psicológico que a pesar de cumplir con todos los síntomas propios de un trastorno mental, no se identifica con ninguna enfermedad, sino paradójicamente, con un estado de felicidad y plenitud impulsado por la correspondencia del ser amado.

 

Los síntomas del amor como trastorno mental:

Para la Psicología, las alteraciones psíquicas relacionadas con el enamoramiento son claras y catalogadas como enfermedades siempre que no se habla de amor: el trastorno obsesivo-compulsivo se caracteriza por pensamientos, ideas y acciones repetidas e indeseables, imposibles de controlar, como lavarse las manos en exceso por temor a contraer un microbio o acomodar objetos de una forma determinada. Lo mismo ocurre en la mente del enamorado. Un estudio del Departamento de Investigación de la Universidad de Rogers, Nueva Jersey, descubrió que las personas que afirman estar enamoradas pasan más del 85 % de sus horas totales (incluso el tiempo de sueño) pensando en el ser amado.

 

La inestabilidad emocional es un rasgo cardinal del amor. Energía desmedida, pérdida de apetito y sueño, euforia, taquicardia y falta de aliento ocurren durante la primera etapa del enamoramiento. Después del primer disgusto, por más mínimo que sea, estas emociones son acompañadas con ansiedad, pánico y una preocupación exagerada por el futuro. En conjunto, todos estos síntomas son indicativos de adicción a las drogas. Una y otra vez se ha demostrado a través de tomografías computarizadas la saturación de dopamina, el mismo efecto que produce consumir cocaína en el sistema límbico y el núcleo estriado en el cerebro.

 

El amor también es responsable de la dependencia emocional. Para la Psicología, los sentimientos de apego, posesión, miedo al rechazo o ansiedad de estar lejos de cualquier persona, actividad u objeto que no está relacionado con el enamoramiento, es un trastorno mental grave. La excepción ocurre en el terreno romántico, donde sin más explicación, se concibe como algo completamente normal.

 

Algo similar ocurre con el grueso de los individuos que reconocen estar enamorados: más del 80 % de los participantes del mismo estudio de la Universidad de Rutgers reportó sentirse dominados la mayor parte del tiempo por una pasión “involuntaria e incontrolable”. Aunque el parecido entre el síndrome de abstinencia y esta conducta es abrumador, (sobre todo cuando los efectos negativos salen a la luz después de un ataque de celos o una ruptura amorosa) las acciones arriesgadas y repentinas son vistas por la sociedad como un condimento romántico necesario en cualquier relación real.

 

Una enfermedad necesaria

Tal parece que el amor es una enfermedad reconocida y aceptada por la sociedad actual, incluso deseable. La respuesta de la Psicología es contradictoria, pues diluye a sus partes (síntomas) por el resultado del todo (estar enamorado), ignorando el diagnóstico clínico sobre la máxima del amor.
Desde otro punto de vista, la Biología evolutiva vislumbra una posible solución que parece tan certera como descabellada para el sentimiento más puro que concibe nuestra especie: el amor es una enfermedad necesaria que crea desórdenes mentales. Es aceptada socialmente pues supone el primer paso para el contacto sexual y por lo tanto, el mecanismo de perpetuación de la especie. Se trata de una pandemia que condiciona al pensamiento humano con las ilusiones más dulces y a la vez, mantiene el ciclo vital en reproducción constante.
Es la polémica tesis de un neurólogo de EE.UU. Obsesión, ansiedad, cambios de humor, taquicardia, sudor y inapetencia son todos síntomas de una patología de la que nadie se zafa. Quienes tenían dudas acerca de si se ponían demasiado tontos, no la tengan. Esos síntomas del enamoramiento son tan ciertos como el cuerpo humano. Se respira con dificultad, se tiene taquicardia, disminución del apetito, y entonces vienen los pensamientos obsesivos, ansiedad por el futuro, repentinos cambios de humor.

El psicólogo clínico inglés Frank Tallis, de la clínica neurológica de King’s College, sacó un libro que se llama Love Sick (Mal de amor) que propone una tesis paradojal y provocativa: el amor es una forma de enfermedad mental necesaria para la que en verdad no tenemos ninguna cura.

 

En las primeras páginas critica que la medicina ni la psicología tomaron nunca muy en serio al amor: “Como psicólogo clínico, tengo la impresión de encontrar en esto a muchos de mis pacientes y no puede ser definido de otra manera. Se van con diagnósticos oficiales de depresión o disturbios de ansiedad pero que son en realidad la específica experiencia del enamoramiento”.

 

El amor cambia profundamente a la persona, la influye del modo en que piensa y se comporta, y cuando no es feliz causa un verdadero y propio malestar físico.
“El diagnóstico del mal de amor es considerado legítimo y útil. Y se vuelve a lo que los antiguos médicos decían: pensar fijamente en el amado, tener melancolía, estado de éxtasis, violenta oscilación en el humor”. Les decían obsesiones o manías, pero no eran.

 

El amor es una especie de mecanismo de seguridad a punto con la evolución, para resguardar al ser humano de su propia racionalidad. Debe ser irracional para asegurar la procreación y la prosecución de la especie.  Nuestros niños nacen muy vulnerables y débiles, y buscan siempre la atención y mimos de sus padres. A diferencia de otros animales, tenemos un cerebro que puede ir contra los instintos reproductivos, pues si decidiéramos todos no tener hijos, se acabaría la especie.

 

En cambio, continuamos en la tierra. Dicen los expertos que en la mayor parte de los casos la fase del enamoramiento varadero dura cerca de dos o tres años, el tiempo suficiente para tener posibilidades de tener un niño.
La fiebre del amor dura lo que basta hacer una nueva generación. Lo emotivo abona la irracionalidad que se precisa, que no es una “decisión”.

 

Cuando se tiene sexo, cambia la química del cerebro y nos parece el otro más atractivo. Tanto que produce emoción. Esto aumenta si a la vez se comparten visiones del mundo, que da estímulo intelectual. El sexo libera químicos que distorsionan la percepción, y desde esta perspectiva los infieles sólo son “buenos alumnos” de la evolución de la especie humana.

 

En la actualidad, y con los dos manuales de referencia psiquiátrica en la mano (Clasificación internacional de enfermedades y problemas relacionados con la salud (ICD), de la OMS, y Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM), de la Asociación Americana de Psiquiatría), el enamoramiento no aparece como una condición médica, “pero sí lo están sus síntomas”, como ha señalado el escritor y psicólogo británico Frank Tallis.
La característica más llamativa de las investigaciones en el siglo XX radica en que rara vez se ha podido evitar el lenguaje de la psicopatología: “Cuando se abre la caja del amor, algo que se identifica con una enfermedad aparece de manera invariable”, advierte Tallis. El criterio del DSM para determinar que nos encontramos ante un trastorno mental es que “causa angustia clínicamente significativa o perjuicio en lo social, laboral y otras áreas de actividad”. Pero ¿cuándo lo consideramos clínicamente significativo? Beber los vientos por alguien, desde luego, puede incapacitarnos o hacernos sufrir terriblemente. ¿Cuántas personas, después de declararse enamoradas, pueden trabajar como si nada al día siguiente? Encontrarse en ese estado conlleva una serie de síntomas que, en otras situaciones, efectivamente, sugerirían un problema psiquiátrico.

Por suerte, el enamoramiento es un estado psicótico transitorio. Es una locura afortunadamente pasajera. La persona que ha caído en estado de enamoramiento se sale de la realidad compartida para entrar en un mundo propio. Parece que vive en otro planeta, se siente ingrávida como una pompa de jabón. Dentro, en el pecho, vuelan mariposas. Hay un estado de inquietud, de zozobra cuando no se está con la persona amada. Mientras que todo es completa y nada falta si los enamorados están juntos.

 

Pero el enamoramiento no es real, es sólo virtual. Te enamoras de alguien a quien aún no conoces y pones en ese alguien todo tipo de virtudes y perfecciones. Te montas la película que más te gusta. Los mecanismos psicológicos que se ponen en juego se llaman ‘Proyección’ e ‘Idealización’. Es como el cine, la persona amada es la pantalla sobre la que proyecto todos mis ideales. Me enamoro de mi ideal, de algo mío, de algo que sigue siendo ‘yo’.
El tiempo acaba con el enamoramiento si los enamorados están juntos y se van conociendo. Puedo idealizar a quien no conozco apenas, pero a quien ya conozco puedo admirarle, quererle, valorarle; o por el contrario despreciarle, rechazarle e incluso odiarle. De una u otra manera, el conocimiento destruye el espejismo. Lo que parecía eterno se descubre como efímero.

El enamoramiento da paso en la mayoría de las ocasiones al desamor, que puede tomar muchas formas. Afortunadamente, en algunas ocasiones, cuando acaba el enamoramiento comienza el amor. Solo se puede amar aquello que se conoce y se quiere. En el amor hay menos emoción y menos pasión que en el enamoramiento, pero es más estable, más real, más verdad.

 

Por todo lo antedicho soy partidaria de los noviazgos largos, lo suficientemente largos como para dar tiempo a que se pase la locura. En definitiva, y aunque te parezca paradójico, nunca te cases en la etapa del enamoramiento.

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Autor: Dirección Editorial

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